El otro día curioseaba en el Instagram de una amiga las fotos de sus múltiples viajes. Es una mujer que le encanta conocer mundo. Cuando hablamos y me cuenta sus historias no puede entender que a mi no me guste viajar.
Me di cuenta que viajar es como tener fe. Te gusta o no te gusta. No hay punto entremedio. O tienes fe o no la tienes. No crees por mucho que te esfuerces, por mucho que lo intentes o lo necesites. No te sale. Y por más que pretendan hacerte ver que vas a arder en el fuego eterno, no hay manera. Sinceramente, lo digo con una mano en el corazón, deseé muchísimas veces tener esa capacidad.
Fui a un colegio de monjas, casi todas eran adorables. Y digo casi todas, hasta que me tocó hacer la comunión y no quise. Ahí hubo alguna que se puso bastante intensa. Tan intensas que me amenazaron diciendo que mis hermanos pequeños no harían la comunión si yo no iba a catequesis con ellos.
Así, se aseguraban que yo cambiara de opinión. Tuve que pasar por el aro y acompañar a mis queridos hermanos durante unos meses a catequesis pero cuando llegó la hora de hacer la comunión me negué rotundamente. Fue casi como una pequeña venganza. Tenía 13 años y empezaba a tener muchas dudas sobre la "vida eterna" y la religión.
No siempre fui así...de pequeña (no recuerdo a que edad) quise ser monja. Un día, el colegio nos llevó de excursión a un convento de clausura en medio del bosque. Tengo pocas imágenes.
Cuando esperábamos para traspasar los altos muros de piedra. Una gran puerta de madera con una pequeña ventanita con rejas se abrió y vi a una señora que nos sonrió. Se escuchó un gran cerrojo abrirse y ahí estaba ella, vestida de negro (creo que era negro pero podría haber sido marrón) hasta los pies y con su velo blanco y negro que le cubría toda la cabeza y el cuello (eso sí lo recuerdo bien).
Entramos a un patio muy grande con muchas plantas. Miraras donde miraras, sólo veías árboles y un cielo azul inmenso. Sé que durante un tiempo recordé esa quietud, ese silencio. Y esa devoción. Devoción por un algo o un alguien que era superior a todo, a ellas mismas. Que veneraban rezándole cada día. Era algo grandioso. ¿Y las monjas que no hablaban? con sus votos de silencio. Yo, que era una parlanchina a la que a veces castigaban por no callarse... me pareció algo tremendo. Vivir ahí adentro, con unas reglas diferentes al mundo que yo conocía. Desconectadas.
Pero la edad te hace ver la realidad. Y la realidad es que la religión la rigen los humanos. No hay nada de grandioso en venerar a una institución al final del día. Es muy cansado y no vale la pena.
Empecé comparando viajar con la fe. Mi amiga no puede entender que no me guste ir a otros países, que no me guste recorrer ciudades o pueblos. Creo que ella tiene una especie de necesidad de vivir entre aeropuertos y callejuelas pintorescas. De ir encontrándose personas y compartir tiempos minúsculos, donde sólo caben momentos de felicidad y sorpresa. La gente siempre es más interesante de vacaciones.
A mi conocer gente o conocer otros lugares solo de "pasada" no me llama nada la atención. Vivir ya es otra cosa. Mezclarte con los "autóctonos", comprender su día a día, su historia.
Me gusta pasearme,eso sí. Quizás un pueblito cercano, una montaña, ver el mar...Nada de aviones, de largos trayectos, de maletas pesadas.
Sí...viajar es como tener fe, o lo echas en falta y te es necesario para seguir con tu vida o para que tu vida sea más tolerable o no lo precisas para nada.
Por suerte, yo no preciso ni viajar ni creer y eso hace que mi vida sea más sencilla.
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