viernes, 2 de abril de 2021

Visualizar




En medio del pasillo hay una niña sentada en el suelo, con un juego de café antiguo de la Cartuja de Sevilla. Al lado, un montón de cartas abiertas y papeles varios. 
Juega que tiene mucho trabajo. Paga facturas, habla con diferentes personas, repasa los papeles y toma café sin parar. Mira hacia lo lejos con ojos que ven. 
Su madre la observa un segundo y frunce el ceño. Ten cuidado con esas tazas que son antiguas...
Ella regresa un momento del lugar adónde fue. Sí. Tendré cuidado. 
Y sigue hablando por lo bajini, murmuros y susurros. Discute con alguien. Se desespera. Le duele el estómago. Ve problemas pero sonríe porque le gusta su trabajo y todo lo que eso conlleva. 
Y toma otro sorbo de café imaginario. Mira la taza con ese estampado de color rojo, la deja despacio, con cuidado sobre el platillo. Su madre comenta algo que ella oye desde otro lugar: qué buena nena...se entretiene con cualquier cosa...

Apoyada en la pared de su habitación sentada en el suelo y con las piernas dobladas, mira al frentre. La pared blanca. Eso es lo que ve su madre cuando entra y la ve mirando fijamente la nada. ¿Estás bien?
Levanta la vista. Sí. ¿Por qué? 
Porque llevas no sé cuánto rato ahí sentada sin hacer nada...Pienso.
Esa adolescente imagina diferentes futuros llenos de vida. A veces escribe. 
A veces sólo visualiza.
En un futuro lejano le dirán que eso es meditar...Le da igual. La cosa está en ver. 

Con la edad. El tiempo de traspasar paredes o hacer ver que tomas café se hace más difícil. El café lo tomas de verdad. Las facturas y papeles se han hecho tangibles. 
No hay madre que te mire como si estuviera a punto de llamar a psiquiatría y  que te enfunden en una camisa de esas feas. Te miras directamente en el espejo con ojos críticos. O eso intentas.

Todo lo que visualicé, con los años se cumplió. 
Yo veía. Y hacía. 

Hace un tiempo que ese ''don'' se oscureció. 
Y me cuesta visualizar mi futuro o el futuro en si.

Supongo que es algo normal en este momento que estamos viviendo todos. 
No debo ser la única a quién le pasa.  Justo el otro día escuchaba un psiquiatra que hablaba de la desesperanza que se está instalando en la vida de las personas. Desesperanza y un agujero negro.
Muy negro. Que nos entorpece hacer planes o sentir que todo esto pasará. 

Y sí. Pasará. 

En los ochenta nos imaginábamos el fin del mundo con extraterrestres o que los rusos y los yanquies se cargaban el planeta...El planeta nos lo cargamos cada día nosotros mismos. Solitos. Y ya estamos en el fin del mundo. O lo que es el fin de una Era. El mundo que habíamos conocido ya dejará de a poco de existir. La manera de comunicarnos, de trabajar, de salir a la calle, de viajar. Negamos. 

Así que deberé esforzarme en visualizar una nueva manera de vivir. Y dejar que la nube negra se desvanezca poco a poco  y pueda ver. 
Ver a través de cualquier lugar.



 

I'm waking up

I can feel it all

I'm waking up

I can breathe

I can love for you

I'm waking up

waking up

lunes, 22 de marzo de 2021

Teclas y letras


                                                Mercado de las Pulgas  (Buenos Aires)


Un dia como hoy...22 de marzo d 2016...un día soleado y caluroso aterricé en Ezeiza. Con unas maletazas, con mi ropa, algún libro y las cosas que me parecían importantes...No fue una decisión a la ligera irme de Barcelona y dejar todo. 

Lo pensé mucho tiempo. Unos pocos años.

Pensé que no era tan apegada como para que nada doliera lo suficiente durante mucho tiempo.

Cuánto me equivocaba. El apego sale bruscamente un día cualquiera y te atraviesa. Y te parte en dos.

Y en un momento determinado cuando paseas por las calles empiezas con los ''deja vu'' y no sabes distinguir donde empezó una y otra vida...

Porque de repente tienes dos países; dos casas, familia, animales y amigos...y el corazón se divide cada día un poco más...

Dicen que escribimos nuestra historia cada día...para algunos, escribirla, contarla o vivirla es como esa máquina vieja de escribir a la que le falta una tecla...

Siempre te faltará una letra.


viernes, 29 de enero de 2021

Pactar con la Realidad

 


En su día cerré dos blogs de golpe y creé un híbrido de los dos.
Eran blogs/diario privados. Porque  a veces escribir y saber que me lee alguien que me conoce personalmente me condiciona. Es así. 

Así que en el 2014 creé ''Pactar con la Realidad''.
Qué buen título !! es cierto... cada día pactamos miles de cosas en nuestra vida diaria, para ser un poco más felices, para sobrevivir.

Maman Boheme estuve a punto de asesinarla varias veces durante estos cinco años. Estoy contenta de no haberlo hecho, porque me hubiera arrepentido. Le tengo mucho cariño a este blog y a la gente que se pasa por aquí. La verdad es que soy de apegos y me encariño mucho con las personas. Aunque no las conozca cara a cara. 
Pero siento que necesito cambiar alguna cosa. Y ese título me viene al dedillo.

Hoy pacté con mi Otro Yo...ese ''yo'' triste y melancólico que no me sirve de nada. 

Pacté con él y le pedí que me dejara margen de maniobra. De hecho le pedí que se tomara unas largas vacaciones. No puedo hacer frente a este año si me atrapan esos días en los que metería la cabeza en el horno o no saldría de la cama ni que las llamas la rodearan.

Quiero volver a ordenar mi día a día.
Quiero encajar todas las piezas que faltan en este puzzle que es la vida. Quiero que todas se vayan recolocando lentamente. He perdido piezas pero como por arte de magia van apareciendo otras que se ajustan con leves toquecitos.  

Ahora siento más de lo que escribo. A veces hasta me colapso y ni si quiera me fluyen las palabras.

Pero aquí estoy. Intentando tomarme un tiempo para escribir y aplastada por la realidad. 


...para ser feliz...hay que pactar con la realidad...

y ahí andamos todos...¿no?


domingo, 24 de enero de 2021

Juntar palabras


 


Hace mucho que no escribo en serio. Me duele no escribir. 

Escribo estupideces mayormente positivas en mis dos cuentas de Instagram. Pero odio Instagram. 

Aún así lo utilizo. Porque es una red diseñada para el móvil. Blogger está diseñado para sentarse delante de un ordenador. Y pareciera que he perdido la costumbre de sentarme y escribir. 

Me compro cuadernos y me digo una y otra vez que volveré al formato papel y escribiré un pequeño diario con fotografías bonitas y pensamientos negros. Pero los cuadernos siguen apilándose. Y yo sigo sin escribir. Quizás necesite incertidumbre y malas noticias para juntar letras. Quizás como siempre juntar palabras hace que la vida sea más fácil. Y la incertidumbre y las malas noticias menos malas valga la redundancia. 

Supongo que por eso estoy aquí hoy. Justo hoy. Porque aunque me haya propuesto seguir positiva en modo automático, como me dije hace muchos meses, a veces el miedo te atrapa. Y el miedo es algo que te atora, que te deja sin respiración en un rincón. Que hace que se te congele la sangre y te tiemblen las piernas. Que tambalees. Y hacía tiempo que esa sensación no existía en mi mundo.

Pero mi mundo se está volviendo resbaladizo.

Cuando el cáncer entra en tu vida y  en tu casa e invade tu espacio, todo se paraliza. La vida queda en suspenso. El futuro queda incierto. Volátil. Ya no hay futuro tangible. Hay futuro presente. 

Y es raro pensar en un futuro sin páginas llenas de proyectos. Se hace extraño. 

De pronto todo adquiere otra magnitud. Al principio, durante meses, no te das cuenta. Un día, de repente caes frente a frente con el miedo. Lo miras a los ojos fijamente, no parpadeas, no respiras, mantienes el aliento y lo sientes. Penetra en tu cuerpo, en tu mente en tu espíritu. No puedes correr hacia ningún lugar, no puedes escapar. Sólo puedes sentirlo. Debes dejar que invada cada rincón de tu ser. Debes saborearlo. Sufrirlo. Para volver a respirar. Para volver a ver.

Ver entre rendijas. Entre presentes. Siempre el presente.

Debes aferrarte a él. 

Quiero poder sentarme y escribir. Escribir como si de brujería se tratara, como si el teclado fueran brazos y piernas danzando alrededor de un fuego grande, anaranjado y caliente. Moviéndose al compás de un tarareo mágico, embriagador, conjurando hechizos. 

Escribir hace que todo lo difícil se vuelva fácil. Que la tristeza se calme. Que la furia se apacigue. Que la incertidumbre se diluya. Escribir hace que seas la presa que abre sus compuertas en tiempos de lluvias que no cesan. El río que se desborda. El huracán que todo lo arrasa.

Y al día siguiente ser el sol que todo lo ilumina. La claridad que da esperanza. 






jueves, 10 de septiembre de 2020

Marta del primero A


 A veces me parece escucharla gritar.  Cuando estoy lavando platos. Mi cocina da al patio de luces y tengo la suerte de tener una gran ventana justo encima del fregadero que hace que el sol me entre directo y de alegría a la cocina. La única desventaja es que oigo a todos los vecinos, aunque evidentemente ellos a mi también deben escucharme reputear...porque yo grito...bastante. 

Y la oigo. De vez en cuando. Su voz grave. Gritando a Matilda. Que era su perro y no veáis lo que fastidiaba la pobre con sus ladridos. Y eso que yo también tengo perros. Pero Matilda se pasaba el día corriendo del balcón al patio de la cocina y del patio al balcón ladrando como alma poseída. 

-Matildaaaaaaaaaaaa!!! -y todo Dios escuchaba a Matilda ladrar y a Marta gritando a Matilda. 
Todo el mundo en el barrio y en el edificio conocía a Marta y a su perro.

A los tres meses más o menos de mudarme a este edificio un día bajando las escaleras me la encontré en el hall. 
-Vos sos la del tercero A? También tenés perros, los escucho ladrar y mi perra Matilda también...
-Hola qué tal? Sí, soy la del tercer...-me interrumpe de golpe...
-Sos española? con esa manera de alargar la ñoooo...y subir el volumen unos cuantos decibelios en plan pitido...y se sonríe cuando asiento con la cabeza. 
Y como no...me salta con las dos preguntas/afirmaciones de todo aquel que me escucha hablar por primera vez...
-Qué "hasés" acá? Vos sos una boluda!

Marta era Marta. Una señora delgada, súper vital. Con el pelo totalmente blanco, perfecto, de media melena. Con sus gafas de sol y su estilazo vistiendo. Siempre con sus accesorios, collares grandes y de colores. Conjuntada. Elegante. Subía y bajaba las escaleras con una agilidad envidiada por cualquiera. Y cuando me dijo la edad, casi que me caigo de culo, más de ochenta y pico largos, largos...
Parecía de setenta, la mujer.

Un día estaba yo desayunando en una cafetería que hay a una calle del edificio, muy linda y acogedora y que tiene un café súper bueno, con mi libro. Marta entra y  saluda a todos. Me ve y se dirige decidida hacia mi.
-¿Te molesta si me siento con vos y me tomo un cafecito?  Es que me caes bien. No porque seas española, que también. Mis padres eran italianos. A mi no me cae bien nadie del edificio, pero vos me caés bien. Ya me conocerás...tengo mucho genio. Todo el mundo me conoce. Yo digo las cosas como son.  No quiero pelearme con vos. Tenemos que llevarnos bien. Nunca nos hemos de enojar por los perros...vos sabés...

Tremenda Marta. 

Nos tomamos alguna vez algún que otro cafecito juntas. O charlábamos un buen rato cuando nos encontrábamos en la calle o en el hall del edificio. 
También nos juntamos una vez para hablar con la del tercero B que varias veces dejó a su caniche completamente  solo durante todo un fin de semana. Y el pobre animal se la pasó aullando día y noche sin tregua. El lunes cuando la señora llegó fui a su casa y le dije de buena manera que no podía dejar al perro dos días solo...quizás se lo dije demasiado bien. Porque al siguiente fin de semana volvió a dejarlo solo. Y era una agonía escucharlo. 
La siguiente vez fue Marta a confrontarla. 

El tercer fin de semana la señora de mi rellano me dejó el perro a mi para que se lo cuidara.
Marta era mucha Marta.

Han pasado ya seis meses. Justo cuando empezó todo esto. 
Y aún, os aseguro la escucho. O la oigo trastear. O creo que me la encontraré en la calle con su carrito de la compra. Ella siempre tan arreglada. 

Hoy me di cuenta que todavía está en mi nevera el papelito que me dio con sus teléfonos. Y no pude evitar mirar mi móvil y ver que todavía está su foto ahí. Que no han dado de baja su número. 

Marta tuvo una embolia, ingresó en el hospital y ya no salió. 
A la semana de no escuchar a Matilda pregunté si alguien sabia algo de ella. Me dijeron que estaba en el hospital y Matilda en una guardería. 
El mismo día, la policía de barrio, con quien hablo muchas veces me dio la noticia. 

Es extraño cómo a veces echas de menos a personas que casi ni conoces.